Una de las cosas más lindas, o al menos que yo más disfruto cuando estoy en otro lado, es comer y beber. Que también lo disfruto en mi casa, no les voy a mentir, pero como decía Obélix, “los romanos son como los desayunos: a uno le saben mejor cuando está fuera de casa”, y es exactamente lo que pasa cuando uno come por ahí estando en el extranjero, aunque a veces puede fallar. Así que luego de haber viajado sin parar por Santorini, Atenas, Londres, Dublín y París, es momento de hacer un alto en el camino para reponer fuerzas.
Los souvlakis y la ensalada griega
Souvlaki con fritas y ensalada — Foto Markus Winkler en Pexels
Cuando llegamos a Atenas yo les contaba que nuestro hotel tenía un problema de energía y nos relocalizaron en otro. Mientras un griego muy macanudo nos llevaba al nuevo alojamiento, íbamos chapuceando una conversación en inglés y él, señalando una esquina, nos dijo “tienen que probar los souvlakis de este lugar”. Y nosotros cumplimos parcialmente con su mandato, porque comimos los souvlakis pero no en el lugar que nos dijo.
Resulta que cuando bajamos de visitar la Acrópolis con el sol en su cénit, muertos de calor y cansados del trajín que traíamos (viaje de madrugada, dormida de pocas horas en el piso del barco), nos metimos en el primer bar que nos ofrecieron para parar. Un consejo: nunca paren en el primer bar que les ofrezcan en una zona turística, porque seguramente los van a matar con el precio. Pero bueno, paramos. Ahí de una nos trajeron una botella de agua bien fresca y nos conquistaron del todo. Entonces, recordando las palabras del chofer, nos pedimos unos souvlakis y una buena y real ensalada griega.
Pero entonces, ¿qué son los souvlakis? Significa “pincho pequeño” y es, originalmente, una comida callejera: una brochette de carne que en su versión más clásica es de cerdo, aunque puede encontrarse de pollo, cordero y hasta de ternera. La clave está en la marinada, que debe prepararse con unas doce horas de anticipación; después se asa el pincho con sus cubos de carne directo al fuego. La marinada es simple —aceite de oliva, orégano y limón—, aunque hay recetas que suman ajo, cebolla, vinagre y a veces un toque de miel. En el caso de los puestos callejeros, la tradición es que cada uno haga su propia marinada usando siempre productos frescos. Y se sirven generalmente acompañados de unas ricas papas fritas naturales, nada de papas de bolsa prefritas. También se suele usar tzatziki, una salsa de yogur y pepino. Una comida simple, barata (salvo que te la pidas en un restaurante al pie de la Acrópolis) y muy sabrosa.
Según la historia, ya desde la antigua Grecia se asaban carnes ensartadas, y se han encontrado evidencias de soportes de piedra para parrilla en excavaciones arqueológicas. Pero la versión “fast food” data del siglo XX.
La ensalada griega (horiátiki - ver foto de portada) es más conocida por estos lares, y su nombre viene de horió, que significa “pueblo”: o sea que es la ensalada del pueblo. ¿Qué nos dice el nombre? Que es un plato simple también, de pocos ingredientes y barato. Se hacía con lo que hubiera en la huerta y en la despensa: tomate maduro, pepino en rodajas, morrón verde, cebolla morada, aceitunas Kalamata, queso feta, y el aceite de oliva y el vinagre de vino tinto que ya estaban sobre la mesa. Y no lleva lechuga. O sea que si andan por ahí y se piden una ensalada griega y viene con lechuga, lamento decirles que no es cien por cien la original, sino una “inspiración”.
Hay una clave que hace que acá en Uruguay sea difícil hacer la versión posta posta, y es el queso feta —aunque el otro día, en un supermercado cuyo logo es (o era) una carita sonriente, encontré que vendían feta, lo que me hizo estúpidamente feliz. El feta es un producto de Denominación de Origen Protegida en la Unión Europea, lo que significa que el feta real tiene que hacerse en Grecia, con leche de oveja o una mezcla de oveja y cabra, por métodos tradicionales. Y la forma de servirlo es característica: no va desmenuzado, sino en losas o triángulos grandes apoyados encima de la ensalada.
El morrón debe ser verde, el tomate sabroso y cortado en gajos (por lo que conviene hacerla en temporada), y las aceitunas negras. No lleva mucha sal, justamente por el queso y las aceitunas. En fin, un plato fresco, delicioso, veraniego —que fue justamente en la época en que lo comimos— y que acompaña perfectamente al souvlaki. Fundamental reservarse un pancito para mojar los juguitos que quedan en el plato al final.
Y el agua tan fresca con la que nos esperaron ni bien nos sentamos nos la cobraron en la cuenta…
Las papas más bravas de tu vida
Kilmainham Gaol — Foto de Chris Kofoed en Unsplash
Volvíamos de una larga larga caminata en Dublín, luego de visitar la cárcel Kilmainham Gaol (ya tendrá su artículo), con hambre, y nos metimos a un supermercado a buscar algo de comer. Estábamos viendo qué comprar y mi esposa me dice “¡mirá esas papas!”. La verdad que tenían una pinta increíble, así que nos llevamos una porción de papas bravas. Lo que no imaginamos era lo bravas que eran. Lo gracioso, o no, es que ninguno de los dos le decía al otro que no podía más, mientras sentíamos arder desde los labios hasta el esófago, hasta que ella me miró y me dijo “che, están un poco picantes, ¿no?”, y le respondí “¡Insoportable, tiremos esto a la mierda ya!”.
Moraleja: siempre, pero siempre que algo parezca medio picantón, pregunten antes, principalmente si no están acostumbrados a comer picante.
La Guinness
Pinta de Guinness perfectamente servida — Foto de Michael Starkie en Unsplash
Acá en Uruguay, hasta no hace mucho, era imposible conseguir Guinness Draught. De hecho, ni siquiera conocía la Guinness hasta llegar a Dublín y pasar a hidratarme casi que exclusivamente con ella. Para mí, Guinness era el de los récords.
Pero ¿qué es la Guinness Draught? Es una cerveza de tipo stout, que parece negra pero dicen que su color es rubí, directo del barril, pero con un detalle que lo cambia todo: en vez de estar gasificada solo con dióxido de carbono como la mayoría, se hace también con nitrógeno. Es gracias a este elemento que la Guinness, cuando está bien servida, tiene esa “cabeza” blanca, espesa y bien cremosa, y unas burbujas mucho menos densas. Y hago énfasis en lo de bien servida, porque es todo un ritual la forma de servirla, no apto para ansiosos. Se llama el “two-part pour” o servido en dos partes, y el método, según la propia Guinness, es así: primero, se empieza con un vaso limpio y seco. Se vierte la Guinness en el vaso inclinado a 45 grados, hasta llenarlo tres cuartos. Se deja que el surgimiento se asiente (va cambiando de un color claro a uno oscuro) antes de llenar el vaso completamente hasta arriba. El resultado es la pinta perfecta, con su cremosa cabeza blanca apenas abovedada por encima del borde del vaso, lista para tomar. Se dice que este proceso tiene una duración exacta de 119,5 segundos. Si visitan la Guinness Storehouse pueden asistir a una clase rápida para aprender a servirla.
Antes, la única forma de tomar una verdadera Guinness Draught era en el bar, porque no había manera de replicar el efecto del nitrógeno en una lata. La solución fue el “widget”: un dispositivo plástico moldeado que se asienta sobre el contenido de cada lata. Cuando se abre la lata, una pequeña cantidad de cerveza y nitrógeno, atrapada en el widget, es forzada a través de la cerveza, lo que crea el famoso surgimiento y la cabeza cremosa que encontrás en una pinta servida en el pub. Esto existe recién desde 1988, y es la razón de que, cuando te terminás la lata, suene algo adentro. Y un detalle: la lata de Guinness Draught se sirve completa y no en dos partes, sino no te va a quedar el efecto perfecto, así que conviene tener una buena pinta o jarra de 500 cc para hacerlo bien. Tampoco se toma mega helada como una lager cualquiera: con el frío de la heladera alcanza.
Sobre el sabor, es una cerveza tostada, cremosa, amarguita y no tan pesada como su apariencia indicaría. Una delicia.
Los gyros
Gyros — Foto Vincent Rivaud en Pexels
Cuando mi esposa llegó a Santorini, yo ya estaba ahí, y la primera noche que salimos a cenar caímos por casualidad en Lucky’s Souvlakis, un pequeño kiosco de comidas atendido por un griego muy simpático que me preguntó si era “brasileiro” y que resultó estar casado con una peruana, aunque igual no hablaba nadita de español. La cuestión es que ahí probamos los gyros, y qué ricos (¡y baratos!) los gyros. Con 9 euros comíamos y nos tomábamos una Mythos bien fría los dos.
Pero vamos a la pregunta: ¿qué son los gyros? Una de las comidas callejeras más famosas de Grecia, un poco parienta del souvlaki, el döner kebab y hasta el shawarma. Es carne, preferentemente de cerdo, cocida en un asador vertical giratorio (como los tacos al pastor) que luego se corta en láminas y se sirve envuelta o rellena en pan pita, junto con otros ingredientes como tomate, cebolla, papas fritas y tzatziki.
El nombre no tiene misterio: se llaman gyros por la palabra griega gyra, que —como habrán adivinado— significa “girar”, solo que se pronuncia “yíros”. Acá también se sazona la carne previamente, se apila en el pincho vertical hasta formar un cono enorme, y para servirlo se corta en pequeñas láminas, resultando en una carne crocante por fuera y más jugosa por dentro, un manjar. La mezcla de esa carne bien sabrosa dentro del pan pita, con los vegetales frescos, las papas fritas que también van adentro del pan, y la salsa de yogur, les puedo asegurar que es deliciosa, un golpe al paladar.
A diferencia de su primo el souvlaki, que viene de la antigüedad, el gyros medio que es una versión del döner kebab surgido en el Imperio Otomano en el siglo XIX, y que luego de la Segunda Guerra Mundial llega por inmigración turca a Grecia —aunque hay otras versiones que dicen que llegó en la década del 20 a través de inmigrantes refugiados. En cualquier caso, el origen sería más o menos el mismo.
Así como el souvlaki se puede pedir dentro de un pan, cosa que no mencioné más arriba, los gyros pueden pedirse sin pan, pero la verdad que comerlo dentro del pita con las manos le suma muchísimo a la experiencia.
La cervesidra
Brindis con sidra — Foto de Giovanna Gomes en Unsplash
Estábamos en Londres y a la noche, en el hostel, había olimpíadas de cerveza. Como no nos anotamos para participar, decidimos que al menos íbamos a acompañar desde el costado tomando nuestras propias cervezas. Así que nos fuimos al supermercado en busca de un buen pack, pero no queríamos gastar mucho dinero, por lo que, mirando y mirando, dimos con un paquete de varias botellitas a muy buen precio. Tan buen precio era que a la noche, cuando destapamos la primera, resultó que habíamos comprado sidra. Doce botellas de sidra que procedimos a dejar de regalo en el hostel, porque la verdad que nadie tenía ganas de tomarlas —quizás sigan ahí como atracción. Lo curioso es que después, mirando bien el paquete y las botellas, decía “cider” por todos lados. Así se vieron truncados nuestros sueños olímpicos y cerveceros.
El pan francés
Pan francés — Foto de Francesco Querente en Pexels
Este es solamente un párrafo de apreciación a todos los panificados que comimos en París. Desde la baguette que nos servían en el desayuno del hotel hasta cualquier tipo de pan que hayamos comprado en cualquier lugar de París —y no solo de esa primera visita, sino de las otras veces que fuimos—, todos, absolutamente todos y sin excepción, eran riquísimos. No sé si es la harina, no sé realmente qué es, pero estaban deliciosos.